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La Coctelera

Pensar Comunicación

Es lo que he hecho prácticamente desde que era un niño, según mi madre. En este espacio he ubicado todo mi pensamiento comunicacional, tanto académico como literario, que no he publicado de forma impresa todavía; y sinsabores para mis alumnos.

27 Junio 2006

El sindicalista y otros militantes de barri(c)ada

A continuación la introducción de mi libro de relatos. Lo culminé hace ya dos años y anda por ahí , en una editorial que todavía no contesta la petición que le hiciera para que evaluara el manuscrito, cuatro meses atrás. De todas maneras también ha pasado tiempo suficiente para que me lo devolvieran, pues lo envié con sobre y franqueo de devolución, según sus propias instrucciones de solicitud. También señalaba la editorial que no debíamos llamar ni volver a escribir en caso de que no recibiéramos respuesta en un tiempo razonable. De manera que uno espera igal que un preso en un campo de concentración. Así que, como decía la abuela: "que sea lo que Dios quiera...". Y como apunté al comienzo, a continuación el prólogo, y el cuento que le presta el título a mi primer libro de relatos, EL SINDICALISTA Y OTROS MILITANTES DE BARRI(C)ADA. También incluyo dos de mis preferidos y para compalcer a una colega a quien les hablé de los mismos. _____________________________________________________ Prólogo _________ La barricada desde la barriada Estos cuentos representan, mediante la ficción, las cotidianidades de la gente común, o clase popular, que subsiste o sobrevive en los márgenes de la ciudad. Es decir, intento cuentizar la suma de vivencias cotidianas de la gente de los barrios y barriadas que componen el tejido de la periferia marginal de la ciudad. No quiero vanagloriar el barrio como una panacea geográfica, sino como una suma de experiencias, felices e infelices, que se nutren y nutren también la vida en la ciudad y de la ciudad. Por eso mi barriada no es un espacio geográfico, necesariamente, sino uno ubícuo, ágil y dinámico, en donde la clase popular trabajadora sufre el país que le tocó vivir y resuelve sus conflictos como puede o como se le ocurre. Gente común y corriente que trabaja en el Puerto Rico de fin de siglo y que tampoco está exenta de las nobles y bajas pasiones que se dan en dicho entorno como el amor, la amistad, la dignidad, la infidelidad, el machismo, la lujuria, el suicidio y el homicidio. Está presente además un segundo renglón o nivel en los cuentos; el connotado discurso identitario y el que, irónicamente, he llamado de barricada, que también es de pretexto. Un discurso que intento construir de una manera distinta. Primeramente, trato de evitar caer en los clisés nacionalistas del sentir de la patria o la exacerbación de los elementos de nuestra identidad como discurso defensivo. Tampoco me interesó que el lector encontrara en mis textos eso que han llamado realismo mágico, ni cosa que se parezca. Lo que hago meramente es escribir sin ninguna pretensión estilística particular, sino tal y como el recuerdo histórico y mis capacidades comunicológicas me lo permiten. Si mi discurso suena a veces patriótico o puertorriqueñista, debo apuntar que fue primero de tipo partidista y luego sindical y, por ende, de clase. Mi primera experiencia sindical fue en los inicios de los años 70. Fueron años del sindicalismo patriótico en Puerto Rico. Por un lado estaba el Movimiento Obreo Unido ( MOU), quizás lo más cercano a una central sindical en la historia del obrerismo en nuestro país; y por otro, el sindicalismo de las internacionales, también influido y dirigido, en gran medida, por líderes patriotas, como César Andréu Iglesias y otros no menos importantes. De manera que el discurso al que me refiero es uno clasista, que en su forcejeo también defiende lo que considero es la única patria-nación con que se cuenta . El cuento que comparte el título del libro constituye, en cierta medida, un pequeño homenaje a los colegas sacrificados y honestos de la brega sindical que he conocido y con quienes compartí momentos inolvidables. Debo dejar meridianamente claro que lo más que me iinteresó cuando escribí estos textos narrativos fue desarrollar de manera ficticia los personajes que conocí y con quienes interactué en el barrio donde transcurrió mi niñez y adolescencia. Los menos son una proyección urbana y madura de mí mismo, posiblemente contaminada con la vida cotidiana de la ciudad pero sin olvidar aquellos personajes emblemáticos. Tales son los otros militantes de barri(c)ada. Lo que quiero plantear es que, si bien mi discurso es barrial, como dije anteriormente, es también de clase y puertorriqueñista. Preferí recojer las vivencias de la gente que trabaja, pero no en la panacea o en la irrealidad; sino en el microcosmos de la barriada rural, urbana o semiurbana, de un país que clama por un mejor y más justo ordenamiento social.

H.T. Junio 2004 Carolina, P. R. _____________________________________________________

El ministerio del Padre Javier

Se llamaba igual que el filósofo español, Xavier Zuviry, pero no creo que se tratara de la misma persona. Cuando llegó al pueblo como nuevo párroco para allá por el 1962 venía oriundo de Navarra. Era de baja estatura; de pelo negro y escaso; cuarentón, aunque muy jovial. Hablaba con con voz un poco grave (como haciendo algún esfuerzo) aunque no tanto como los galanes de las novelas rosas, que entonces hacían su agosto en la televisión del país. Sin embargo, algo de galán tenía el padrecito aquel que en la ocasión sustituía al párroco norteamericano que, junto a otros en muchas parroquias, estaban en retirada desde que se entronizó el nuevo gobierno, diez años atrás. Se hacía cargo de la nueva parroquia que habían reconstruido sus colegas benedictinos norteamericanos sobre las ruinas de la antigua iglesia del pueblo: una arquitectura española del siglo 18 y que el Instituto de Cultura Nacional había declarado patrimonio del país. De hecho, una de las pugnas más sonadas de los curas norteamericanos en el pueblo fue precisamente con dicho instituto y se cuenta, aún hoy, que aquellos, persuadidos por la Santa Sede, tuvieron que dejarle el escenario a los curas españoles- en una especie de tercera colonización-, con el Padre Javier a la cabeza, con el fin de que nadie creyera la conspiración norteamericana en contra de todo lo que significara la huella de la dominación española. En efecto, al padre de Navarra le correspondió inaugurar la primera y única petroquímica que plantaron los americanos en el pueblo; una multinacional con sede en el estado de Texas. De nada valieron las mil y una protestas de muchos feligreses y otros civiles. Sobre todo las de un grupo institucional juvenil de la iglesia llamado Jóvenes de Acción Militante (JAM) o Jamistas, con quienes el recién llegado párroco había establecido, adrede, una especie de luna de miel. A propósito de la sustitución de unos curas por otros en aquel pequeño pueblo de la costa suroriental del país, el último reducto del curismo norteamericano en la parroquia fue eliminado tres años después del arribo del Padre Javier. La ingrata tarea de la expulsión (todavía hoy se cree que se trató de eso mismo, de una expulsión) le correspondió al grupo de jóvenes cristianos mencionado, y que había venido liderando la lucha ambiental en contra de la mencionada petrolera. All Padre Clemente, el cura en cuestión , se le ocurrió en la ocasión, desde el púlpito y en plena homilía, bendecir a las tropas estadounidenses que, en ese mismo año, invadían al pueblo de Vietnam. Los jóvenes de la JAM condenaron enérgicamente, a través de manifiestos escritos y oralidades públicas, las prédicas del cura, a quien se le adjudicaba un carácter violento e iracible. Había pertenecido a un equipo profesional de jockey en su país, antes de decidirse por servirle al Señor. Los jóvenes comenzaron a publicar y difundir hojas sueltas por todo el territorio municipal, con el fin de denunciar el carácter retrógrado del cura en cuestión. En ellas relataban que el mentado ministro del señor acostumbraba sacar a patadas y sin clemencia alguna a los perros que pernoctaban en el atrio de las iglesias a donde acudía a oficiar la Santa Misa. “Qué clase imitador de San Francisco de Asís nos gastamos”; se burlaban irónicamente los jóvenes. La situación beligerante de los jóvenes con el cura llegó a tal extremo que se vieron obligados a tratarlo con su propia medicina. Argumentaron que el cristiano posee una cara con dos lados solamente y ya la de ellos había recibido una cachetada en ambos de parte de aquel cura charlatán. Por tal razón, una tarde de sol candente, “como para secar churras”, como se decía en el pueblo, los jamistas le hicieron una amable invitación para compartir puñetazos con su presidente (el de la JAM), a juzgar por el único lenguaje que aquel personaje parecía entender y considerando que los futuros contendientes eran ambos pesos completos. Pero el carnaval de puños nunca se materializó. Después de que la JAM había reunido decenas de jóvenes frente a la Casa Parroquial; había instalado altavoces en uno de los automóviles de sus miembros y planificado el libreto de la narración de la trifulca, el cura inclemente no se atrevió a presentarse al ruedo. Ni cortos ni perezosos, los jóvenes se repartieron con la cuchara grande: montaron un mitin rápidamente y mezclando lo profano con la caridad cristiana, de cobarde y de rata trataron al cura y le dijeron hasta del mal que iba a morir. A todo esto, el Padre Javier no dijo ni esta boca es mía, a pesar de que era el Párroco y a quien correspondía mediar en el asunto. Muchos se lo adjudicaban a que el Párroco no sabía hablar inglés, para comunicarse eficazmente con su colega, aunque tenía fama de políglota y escribidor de textos de filosofía. Lo cierto fue que, al cabo de las dos semanas que pasaron después de aquel incidente, el Padre Clemente desapareció del pueblo. Se supo luego que el Padre Javier, a través de una de sus homilías, informó a la feligresía que el cura había sido trasladado urgentemente al estado de Texas de donde era oriundo debido, entre otras cosas, al precario estado de salud de su progenitora. La fiesta de celebración de los jóvenes de la JAM no se hizo esperar. Pero no fue una fiesta común y corriente con bebidas, baile y piscolabis, como las que hace la gente profana, sino una fiesta cristiana como es debido en estos casos; como Dios manda. Los jóvenes montaron otro mitin enfrente de la recién construida Catedral y en medio de la reducida plaza pública, para denunciar, entre otras cosas, los concubinatos que mantenía la iglesia con los grandes intereses; la mafia belicosa y fascista norteamericana (en este renglón mencionaron a Pio X11 y su vinculación con el fascismo italiano, etc.) y sobre todo, la complicidad de los católicos dirigentes del pueblo (a quienes les llamaron “cuchillistas” ) con la destrucción del acuífero del valle de parte de la recién implantada petroquímica. Su marco teórico lo constituyó un libro recién publicado de un cura catalán de la capital en el que llamaba la atención acerca del carácter soñoliento de su iglesia. Sin embargo, no fueron los problemas con los jóvenes parroquianos rebeldosos los que hicieron partir al Padre Javier de aquel pueblo, sino sus continuos y variados encuentros amorosos con las cinco solteronas del coro de la iglesia. Las mujeres más asiduas y beatas que jamás nadie imaginó. Tampoco se trata aquí de amoríos cualesquiera, ni de los de la María de Jorge Isaacs o los de la Pepita Jiménez, de Varela, sino de las pasiones más furibundas, promiscuas e ingeniosas que mente alguna pudo jamás planificar. Todo comenzaba en el confesionario, mientras se desarrollaba el magno sacramento. Allí el padre iniciaba la construcción del amor, logrando la promesa de la secretividad eterna de parte de la mortal paciente y el médico divino enviado de Dios. Luego del confesionario le seguía el ritual de la sacristía. Allí el padre citaba en días alternos a cada una de las solteronas a que le ayudaran a vestirse (de la misma manera que los apóstoles lavaron los pies de su Maestro), antes de oficiar la Santa Misa. Eso le daba oportunidad de ir mostrando poco a poco a las jamonas lo natural de la desnudez del cuerpo humano, sobre todo si se hace de manera indiferente y lo más desinteresadamente posible. Claro, en sus inicios, el padre solo dejó verse en pantalones y camiseta. Sólo después de una compenetración y acuerdo en el confesionario, empezó el padre a despojarse poco a poco de las prendas de su vestir. “El cuerpo es templo vivo del Espiritu Santo”, repetía a diario el padre durante cualquier homilía, de tal manera que la oración siempre encajara con lo que había acordado con las predilectas hermanas y con el pasaje bíblico que en la ocasión correspondiera. Por otro lado, Zoé, Tioddy, Norma, Cucusa y Luisa (que era como se llamaban las hermanas treintonas) nunca soltaron prenda, ni siquiera entre ellas, de sus aventuras con el cura navarreño. Nunca dijeron que todo comenzaba en el confesionario con sexo oral o manual y luego se culminaba en el catrecito o el baño de la sacristía, una vez el acólito pasaba al altar a esperar que el padre se apareciera después que el organista de turno (otra de las solteronas) terminaba de ejecutar el primer himno; “Acudamos juntos al altar”. Himno que era el más extenso de todos y que duraba alrededor de veinte minutos. En cierta ocasión el padre “pasó el Niágara en bicicleta” - como se acostumbraba decir en el pueblo cuando se afrontaba una situación dificil. Sucedió que, mientras esperaba al cura aparecerse en el altar y se entonaba el himno mencionado, Peter, el monaguillo- un jovenzuelo de apenas 12 años de edad - regresó a un momento a la sacristía, ya que había olvidado ponerse uno de los refajos de su indumentaria. Durante la búsqueda de su vestimenta en el baúl, Peter oyó unos gemidos femeninos fuertes y continuos, alternados con unos jadeos masculinos graves que se entremezclaban con placer y dolor a la misma vez. Provenían del pequeño baño de la sacristía, a donde se dirigió sigilosamente. Los jadeos y gemidos se oían cada vez más claros, aunque alternadamente fuertes y suaves. Peter llegó hasta el lugar y puso el oído contra la puerta pero no se atrevió a abrirla. Por un momento sintió miedo de que alguien lo descubriera haciendo algo indebido y, presuroso, se dispuso a abandonar el lugar y subió casi corriendo al altar. Todavía faltaba la mitad del himno. Peter se sentó en donde le correspondía y se dispuso a esperar. Tan pronto hubo terminado el himno y con el templo repleto de gente, apareció sudoroso y carirojizo el Padre Javier. “El Señor esté con vosotros”, comenzó el cura el ritual. “Y con tu espíritu”, se oyó resonar en el templo por los feligreses. Aquella noche Peter sintió que el Padre Javier hablaba mejor que nunca. “La misa estuvo estupenda”, comentaban algunas personas que bajaban la pequeña escalera hasta la reducida plaza de recreo, en donde siempre las esperaba el Párroco para saludarles y desearles la paz personalmente. “El tema de la discresión humana como virtud divina me pareció muy profundo y brillantemente traído”, decían otras , cuchicheando entre ellas. Después de oirle decir al cura el último “la paz sea contigo”, Peter se le acercó y le dijo que quería consultarle algo importante. “Vamos a la sacristía, muchacho”, le contestó el cura muy amablemente. Una vez allí el joven le confesó lo que había escuchado en el baño del lugar. El cura, sin inmutarse y con una tranquilidad pasmosa, le contestó: “Hijo, tú casi has sido testigo de uno de los actos más enigmáticos y ocultos de la iglesia. Pero te diré, si me prometes que guardas el secreto como en la confesión”. “Prometido, padre”- dijo el muchacho. “Tú no le dices ni siquiera a tu madre los pecados que le confiesas al cura, ¿verdad?”- le preguntó el padre todavía desconfiando del muchacho. “Ni siquiera a ella, padre, nunca lo he hecho”- contestó el niño muy seguro de sí mismo y como esperando que el padre soltara prenda. “¿Recuerdas al endemoniado gadareno del Evangelio?” - le preguntó el padre al muchacho. “Sí, como no, al que Jesús le sacó los demonios y los metió en unos cerdos que habían cerca?” - le respondió el joven con algún conocimiento bíblico. “Exacto”, dijo el Padre Javier y continuó: “Eso, precisamente era lo que yo hacía en el baño, un exorcismo. Estaba sacándole los demonios a una de las mujeres del coro. Obviamente no te puedo decir quien es, pues es un secreto sacramental. Por tal razón tuve que encerrarme en el baño. Además aquí en la sacristía lo más parecido a un corral de cerdos es el baño, pues es ahí por donde se van los desperdicios.Y fue por ahí que logré meter a los diablos que le saqué a esa mujer”. “Wao”- suspiró el niño que no salía de su asombro. “Fue un proceso muy difícil y peligroso”- continuó el padre con cierta disquisición académica. “Es algo que casi nunca sucede. Por eso es que en las Sagradas Escrituras aparece solo una vez, ¿te das cuenta?. Pero hay que hacerlo y el cura siempre tiene que hacerlo en solitario. Muy bien que hayas decidido no abrir la puerta. Si lo hubieras hecho sabe Dios si los demonios que saqué ahora estarían dentro de ti. Tuve que trabajar con gran fortaleza y muy apresuradamente, pues sabía que la Santa Misa estaba por comenzar. ¿No sé si notaste que cuando subí al altar estaba todo sudado y colorao…?” Le preguntó el padre con un poco de acento andaluz. “Sí lo noté, lo noté, padre”, respondió el joven “Se debe a lo mucho y fuerte que uno tiene que luchar con los demonios., de lo contrario pueden causarnos la muerte... Bueno, Peter, ya sabes, que esto quede entre nosotros. Recuerda es un secreto de confesión”- concluyó el cura. Con la última oración el padre le revolcó tiernamente el cabello al joven y lo despidió a su casa, después de echarle la bendición. A solas quedó el Padre Javier suspirando profundamente y enorgulleciéndose de la gran capacidad creadora de su ingenio. No albergaba la menor duda de que el niño no revelaría nunca la historia que le acababa de inventar. De hecho, cada vez que el jovenzuelo volvía a escuchar los gemidos en el baño, poco antes de comenzar la Misa, lo tomaba de lo más normal, aunque un tanto temeroso y sin ninguna incertidumbre subía al altar a esperar al padre tranquilamente a que terminara su trabajo con los demonios. El padre, por su parte, continuó con su doble ministerio de lo más campante hasta que algún tiempo después de su historia se marchó del pueblo sin despedirse, ni de sus amantes ni de su monaguillo. El Padre Ignacio, un catalán recién llegado y quien tuvo que sucederle, anunció desde el altar que su colega en Cristo había vuelto a su Navarra querida, en donde colgó los hábitos y se disponía a “entrar en el otro sacramento supremo del matrimonio e instaurar una familia, según han sido los designios de Dios para con nuestro hermano”. Al poco tiempo de los hechos que se relatan las cinco solteronas del coro de la iglesia comparecieron por separado al Bienestar Público (hoy, Departamento de Servicios Sociales) a reclamar servicios por madres solteras. Todas ellas cumplieron cabalmente con la secretividad del sacramento de su confesión con el Padre Javier. Achacaron sus vástagos a las tropelías de los marinos mercantes que hacían su agosto en las Fiestas Patronales y que llegaban en los barcos repletos del crudo al puerto de hondo calado, aledaño al único balneario público del pueblo.

Junio de 1999 Río Piedras _____________________________________________________

La dama de La Maruca

Tío Gadiel murió de cáncer de próstata. “El cáncer es una jodienda”- me decía tío Reynaldo, mientras veíamos, con lágrimas, cómo se acomodaba el ataúd en uno de los nichos del panteón de la familia. Fue el tío que más quisimos en casa. Era el menor de una prole de catorce que tuvo mi abuela materna. Y mis hermanos y yo siempre lo quisimos como si hubiera sido el mayor de nosotros. De hecho nunca le decíamos tío, aunque era al más que respetábamos. De una forma extraña se ganó nuestro amor y respeto como ninguno de los otros tíos y tías. Y como la distinción pareció marcarlo siempre, era el primero de sus hermanos que marchaba ahora al país de los sueños. Fue también el tío que compartió su sana adolescencia con nuestra niñez. De niño, recuerdo, me montaba en ancas de una de las bestias del abuelo y repechábamos por la montaña tras el rastro de las reses perdidas, cabalgando por ríos y praderas del sur. El abuelo quiso darle la mejor educación que pudo. Para ello, agenció una beca para estudiantes pobres para él y para tío Reynaldo- quien se jactaba de ser el más inteligente de los catorce hermanos- en el único colegio católico del pueblo. En dicho colegio aprendió el inglés que necesitaba para enlistarse de voluntario en la Armada estadounidense de principios de los años 60. La abuela siempre quiso que fuera cura. Ella se vanagloriaba de ser descendiente directa de españoles y sostenía, hablando sola o con los vecinos, que el hijo menor de una familia grande debe ser ofrendado al Señor como sacrificio, tal y como el patriarca Abraham lo hiciera. Fueron quizás las muchas velas que prendió a su Virgen del Perpetuo Socorro lo que logró que su hijo regresara sano y salvo a casa, ya licenciado de la Armada estadounidense, un año antes del estallido de la guerra en Vietnam. La vieja nunca se cansó de dar gracias a su virgen por haberle excluido a su hijo amado de aquella guerra que trajo al barrio tantos ataúdes vacíos de cuerpos y llenos de piedras, pero que ocasionaban tantos llantos que competían con las corrientes del Guayanés. En realidad tío Gadiel siempre tuvo vocación religiosa. El fue nuestro primer maestro de religión en el barrio. Nos enseñó la noble tarea de acólito de cura y también el ritual de la Santa Misa en el latín original. Cuando regresó de las fuerzas armadas todavía la abuela albergaba el sueño de que su regalón marchara hacia el seminario. Pero como a casi todos los mortales, la carne pudo más que la castidad y el tío mancebo terminó enganchando una quimera que lo llevó inevitablemente a las nupcias, alejándolo para siempre del reino de los cielos en la tierra. La afortunada era una ojiverdes de la ciudad y de quien, a sus 26 años, todo el pueblo ya se estaba creyendo que se quedaría para vestir santos. Fue precisamente prendiéndole velas a los santos de la catedral del pueblo cuando se conocieron. Sucede que el tío salía de la caseta de su confesión diaria y tropezó con Judith- que era como se llamaba la afortunada y hoy viuda inconsolable- casi echándola sobre las velas que prendía. El tío- que también podía dar cátedra de cortesía al más firulístico de la nobleza europea- no hizo más que disculparse con un breve discurso poético; lo que bastó para que la muchacha descubriera que aquel era el príncipe azul que tanto le había pedido a Dios desesperadamente. El noviazgo de tío Gadiel fue de mucho significado para mí. Fue la relación del tío con su amada lo que me permitió madurar a muy temprana edad y conocer mucho más de la vida material y metafísica. Esto último lo digo en serio. Por ejemplo, fue él quien me llevó al cine, por primer vez, a mis diez años. Aunque ya me había enterado por algunos poetas y curas que me lo habían descrito, conocer el cine antes que la televisión fue para mí una experiencia casi cósmica y sobrenatural. Recuerdo que la primera película que disfruté frente a aquella pantalla enorme fue una historia fabulosa de brujas y dragones que todavía hoy no he podido olvidar. Y quizás a ello le deba que todavía me guste, sobremanera, fabular la vida e inventar historias. Toda vez que se iba a encontrar con su amada, tío lo hacía en el único cine del pueblo y siempre me pedía que lo acompañara. Se llamaba Teatro San Rafael, pero no tenía nada que ver con el onomástico de su dueño, sino porque enclavaba en la calle del mismo nombre. Pertenecía a un sujeto llamado Henry- ninguno de nosotros, ni mis amigos ni yo, supimos jamás su apellido. Este era una especie de híbrido- hijo de cubano y estadounidense- que había llegado al pueblo poco después de la revolución en su país y se había adueñado- nadie supo nunca cómo- del edificio más antiguo del pueblo; una estructura morisca-española de dos pisos que convirtió en una sala de cine y que también fungía como espacio teatral. Henry era de tipo alto, esbelto y fortachón, de pelo gris y usaba unos lentes de montura negra, que le daban un aire de Clark Kent, según él mismo se jactaba con sus colegas de la Fraternidad del pueblo. Siempre vestía de camisa blanca y corbata. No vivía en el pueblo, sino en la capital, porque había contraído allí nupcias con una actriz y animadora de televisión en cuanto arribó de Cuba. Sólo acudía a su negocio los fines de semana o alguno que otro día en semana que tuviera que presentarse; siempre y cuando su teatro fuera reclamado por algún político afecto. Había sido dueño de casi todas las salas de cine y de teatro de La Habana y en cuantito percibió que la revolución de Fidel Castro socializaría sus bienes, “las chilló para Puerto Rico”, según decían los mayores del pueblo. Trataba a sus clientes como provincianos ignorantes y por eso, no fueron pocas las veces que los cineastas se indignaban y vandalizaban su teatro toda vez que "cortaba las películas” en su punto más interesante, sobre todo cuando los jóvenes echaban rienda suelta a sus impulsos y ansiedades, fantaseando con la argentina Isabel Sarly o las mexicanas Dolores del Río y María Félix, la bonita de Lara. Fue aquella, según lo veo ahora, la mejor aportación que hizo Henry a la cultura del pueblo. Debido al odio que sentía por la revolución de su país, y creyendo que se vengaba del proceso, boicoteaba todo lo que se había producido en Cuba y en su lugar traía lo que se producía en México y en la restante América Latina. Todavía hoy no creo que mi tío me invitara al cine para que yo tuviera más cultura o don de gentes sino porque el camino del barrio hasta el pueblo donde vivía Judith era largo y tenebroso. Largo porque el barrio nuestro ubicaba a cinco kilómetros de distancia. Lo que significaba que teníamos que caminar hasta el lugar puesto que el tío no tenía automóvil. El pequeño cheque que le enviaba el “Army” por haberle servido tres años de su juventud apenas daba para acudir al cine tres veces en semana con su novia y conmigo de chaperón. Fue su novia y los contactos que tenía su padre en la política del país quienes le consiguieron un trabajo de empleado público al tío que, a la larga, le permitió ahorrar algún dinero para casarse y vivir endeudado en el país, como Dios manda). Como dije, el camino del barrio al pueblo era también tenebroso. Además de caminar toda la distancia, regresábamos tarde en la noche, generalmente pasadas las once, a través de un trayecto sin alumbrados y oscuro "como boca de lobo", llamado La maruca. Se trataba de un sector de la carretera de más de 500 metros en medio del camino y que teníamos que recorrer del barrio hasta el pueblo y viceversa. El lugar era el más oscuro de toda la carretera, debido a que los árboles que rodeaban ambos lados de dicho trayecto unían sus follajes allá arriba tapando completamente el claro de luna y estrellas, de manera que el tío y yo teníamos que cruzarlo hablando en voz alta para saber dónde ubicaba cada cual. Igualmente, cuando acudía al cine con mi pandilla de amigos del barrio, uno de ellos siempre quería hacerse el payaso y en cuanto llegábamos al trayecto exclamaba: “¡A juyir que ahí viene el diablooo...!” Y ya Ud. sabe lo que aquello significaba para un montón de adolescentes que todavía eran temerosos de Dios y se la pasaban viendo películas de brujas, diablos y vampiros: emprendíamos una carrera loca y no parábamos hasta llegar al barrio. A propósito, poco después de haberme llevado al cine en dos ocasiones, para que desempeñara mi papel de chaperón, al invitarme la tercera vez, tío Gadiel me dijo: -no creas que te llevo por lo de “la dama de la maruca”, a mi poco me importan esas supercherías. - A qué te refieres, Gabrio- le pregunté con la confianza que siempre le tenía; con la que se trata a un amigo. - Ah, es que no te han hecho el cuento ese todavía- me volvió a preguntar con algo de retórica. - no. - ¿No me digas que tú no sabes el cuento de la mujer de La maruca? - Pues mira no. Es la primera vez que oigo que existe algún cuento de ese lugar, aunque te confieso que conozco el sitio como mis manos. - Chévere. Yo creía que tus amigos te decían que te llevaba mucho al cine porque tengo miedo a pasar solo de noche por La maruca . - ¿Bueno y qué pasa con ese lugar? - pregunté, picándome la curiosidad. - La gente ha construido muchas leyendas del sitio... pero la más que se cree es una que cuenta la historia de una adolescente de algunos dieciséis o diecisiete años que se quitó la vida, ahorcándose de uno de los árboles de los muchos y gigantes que hay en el lugar, si es que te has fijado, cuando pasamos por allí... - Claro, claro que sí, son bellos esos árboles, ¿no? y como que se abrazan allá arriba. Oye pero ni yo ni los muchachos sabíamos nada de la chica esa, ¿Y qué pasó, cómo fue la cosa?.- Pregunté, con alguna incredulidad, pues era la primera vez que oía de tal historia. - Dicen los cuentos -comenzó tío el relato -que se trataba de la única hija que tenía el hacendado dueño de las tierras donde enclava La maruca, a principios del siglo veinte. Ella era bellísima, de cabellera larga y del color del trigo, de grandes ojos verdes y una voz como la de un hada; de esas de las películas. Sin embargo en la adolescencia sus hormonas se pusieron a millón y cuanto mancebo la miraba en la iglesia o en la calle, ella lo coqueteaba hasta volverlo como perro bellaco, al punto de que su padre tuvo que construir una muralla alrededor de la residencia y convertir la casa en una especie de castillo medieval para evitar que los truhanes se la desgraciaran. Se llamaba Mara pero de cariño sus padres le pusieron Maruca. Un día, presa de la desesperación por no poder compartir con sus amigas del pueblo ni tener vida social, por el bruto de su padre, cuentan que para escarmentarlo, se subió a la azotea de su casa y con una soga enlazó una rama de uno de los árboles que rodeaban la casa, amarró el otro extremo de la cuerda a su cuello y se lanzó al vacío desde aquel techo a más de 60 pies de altura y ya tú sabes... Y es ella, supuestamente, la dama que se aparece desnuda en La maruca, pasada la medianoche, sobre todo a algún adolescente que se atreva a invocar su espíritu... El padre, como buen hipócrita la lloró algunos días, pero al poco tiempo, se enamoró de otra mujer; abandonó a su esposa y se marchó del país. Pero antes de eso y como para acallar su conciencia, honró la memoria de su unigénita nombrando la hacienda con su nombre. - Interesante... Bueno ¿y quién se ha atrevido a invocar, como tú dices, el espíritu de la chica?- Pregunté con alguna curiosidad. - No, no, que yo sepa nadie; eso es lo que dicen, lo que cuentan. Pero, obviamente, son supersticiones, sobrino, cuentos de camino. Ya estudiarás estas cosas cuando llegues a la secundaria... - Concluyó tío Gadiel, como para que yo no preguntara más y para que tuviera claro, de una buena vez, que su supuesto miedo a La maruca no era la razón para que me llevara al cine, por lo menos tres veces por semana. Después de aquella conversación jamás pude entender por qué alguien habría que tener miedo a una bella mujer desnuda que se aparece a medianoche, en un lugar solitario, sobre todo si no viene acompañada. Las próximas noches no pude dormir. Me asaltaba la mente el relato de tío Gadiel al punto que planifiqué irme una noche en solitaria para invocar en el lugar encantado el espíritu de Maruca. No se lo informé a nadie. Un lunes- que era el día que tío Gadiel no iba al cine, pero que solía irme con mis amigos-, ya entrada la noche, me fui a La maruca, sin ningún tipo de miedo y con grandes deseos de encontrarme con el susodicho bello espíritu. Nunca había visto una mujer desnuda y menos a una adolescente de mi edad, supuestamente tan bella. Obviamente quería penetrarla con la mirada y fantasear con ella hasta saciarme. Cuando llegué al lugar, a eso de las once de la noche “no se veía ni jabón”, como decía el abuelo. Me acurruqué en una esquina de la carretera, casi en una zanja, pero que podía ver hacia las copas de los árboles, según las reflejaban alguna luz de las estrellas. Me dispuse a esperar. Pasó cerca de una hora. Me empezaba a poner ansioso y, en cierto sentido, algo nervioso. Algunos minutos después comencé a escuchar ruidos extraños. Pensé que se trataría de automóviles, pero no. Eran ruidos como de cadenas a rastras, cabalgatas de bestias desbocadas, lamentos y quejidos de mujer, azotes de ramas sobre ramas. El viento azotaba de forma increíble y los árboles se movían casi salvajemente. Sentí miedo. No lo niego. Cerré los ojos y me encomendé al Dios del que tanto me hablaba tío Gadiel. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero cuando me decidí a abrir los ojos había una paz como celestial. Se oía sólo el cantar de los coquíes y una brisa fresca y suave acariciaba todo. El valor se apoderó entonces de mí y salí de mi madriguera tranquila y sosegadamente. No logré ver ni mucho menos gozar a Maruca. Es cierto. Pero salí de allí con la firme convicción- no sé por qué- de que el cuento del tío Gadiel tenía algo de verdadero. Cuando llegué a casa, al penetrar al balcón desperté al abuelo, quien solía dormitar allí en una hamaca antes de irse a su recámara y desde que la vieja lo dejó solo en el mundo de los vivos hacía ya cinco años. -¿Por qué carajo llegas a esta hora, muchacho, son las dos de la madrugada? - Me increpó, cogiéndome por sorpresa. Pero ya yo tenía mi coartada, para la ocasión y comencé mi historia. - Sabe Ud. papá, me fui para el cine con los muchachos y allá tuvimos un lío de los pastores. El tal Henry, que Ud conoce muy bien, volvió a hacer una de las suyas. Se proyectaba una película de la Revolución Mexicana y como los muchachos empezaron a joder, pitándole y gritándole a una de las divas mexicanas, Henry volvió a cortar la película, precisamente en el punto más interesante, justo cuando Zapata se disponía pasar por la piedra a unos cuantos gringos cabrones. El charlatán gusano ese de Henry, paró la película, prendió las luces para ver quiénes eran los alborotosos para sacarlos del teatro; pero cuando bajó del cuartito de cámaras, todos nosotros, con los muchachos de Villa Polilla, que son un jodienda de verdad, le plantamos un piquete en menos de lo que el diablo se arranca una pestaña, allí mismo dentro de su teatro, para que se jodiera de verdad, que para que le cuento. El revolú era tal que el cabrón de Henry tuvo que llamar la policía, pero como en el pueblo solo hay dos policías de turno por la noche, no pudieron sacarnos a todos y una vez que sacaban a dos de nosotros por una puerta, otros dos se metían por otra. Así estuvimos en la lucha cerca de una hora hasta que el sargento, que era uno de los guardias y que usted conoce muy bien, papá, pues es de aquí del barrio, tuvo que convencer a Henry para que volviera a poner la película, diciéndole que nosotros teníamos derecho porque habíamos pagado por eso. El deber de él, decía el sargento delante de todos nosotros, era entregarnos la mercancía por la que habíamos pagado. Y así pasó todo papá. Al fin y al cabo y después de casi dos horas, el cabrón de Henry tuvo que acceder a lo que decía el sargento y a la presión jodedora de todos nosotros, y no sólo tuvo que dar su brazo a torcer sino que lo obligamos a que pusiera la película desde el principio... Una pelicula cabrona, papá, si Ud la hubiera visto... Y esa es la razón por la que llego a esta hora, ¿qué cree Ud. de todo esto que le he contao, papá?... ,¿qué cree, ah? El abuelo, quien había participado en la Revolución del 50 y era un nacionalista empedernido, recuerdo que me dijo: - Así se hace, muchacho. Hay que luchar por nuestros derechos. Estos cabrones extranjeros y pitiyankis vendepatria, se creen que nosotros somos unos pendejos. Te felicito- y abrazándome concluyó- carajo, pero no hables tan malo... Acto seguido el abuelo se metió en su recámara y yo me fui para la mía con una sonrisa de alivio y seguridad, sobre todo por haber escapado de una tunda segura de quien nos había criado con tan férrea disciplina. - No vuelvas a meterle otra guayaba como esa al viejo... Dios no te va a perdonar..., además deja ya esa costumbrita de querer corroborarlo todo. Era la voz somnolienta del tío Gadiel, que compartía su cuarto conmigo y al parecer había oído toda la historia. Siempre pensé que me conocía mejor que mi madre...

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El Sindicalista _________________

Nadie se lo hubiera imaginado nunca. Ni siquiera quienes lo veían marchar de su casa bien temprano a su trabajo y regresar, casi a toda hora, como si fuera su propio jefe. Muchos de sus vecinos enloquecían imaginando a qué demonios se dedicaba, pues nunca se apareció por las llamadas reuniones de la Asociación de Residentes, para poder siquiera sospecharlo. Tampoco cuando se discutió el asunto de la criminalidad y el cierre controlado de la urbanización donde vivía. En cierta ocasión, un vecino se lo encontró en uno de esos "pubs" y le espetó la esperada pregunta,:" Bueno, hombre ¿y a qué te dedicas?". Lo hubiera mandado al carajo si no es porque se trataba del diácono del barrio a quien su suegra le tenía algún respeto. "Soy profesor universitario", le contestó. El vecino, sin inmutarse, insistíó: "Sí , pero ¿en qué trabajas?..., quiero decir..." Sabía que mucha gente autodenominada "de clase", en su urbanización, creía que el profesor universitario era una especie de privilegiado que, sin trabajar demasiado, no ganaba lo suficiente como para vivir en una urbanización como aquella. Y en realidad era un tanto cierto. Si no hubiera sido por el sueldo de su mujer - que "empataba la pelea"- no podía ser más que un simple profesor a vivir en un solitario apartamento interior de aquella ciudad que se caía en cantos. Sin embargo, lo que nadie imaginaba era que últimamente se estaba dedicando a lo que en el argot barrial se denominaba "chulo de puta". Desde un tiempo a esta parte estaba entregado a su nueva empresa: organizar sindicalmente las prostitutas del sector donde vivía. Había expuesto la idea en una de sus clases pero sólo un estudiante mostró alguna intriga sin que le durara mucho tiempo el entusiasmo. Sólo hasta que completó los requisitos del curso. Poco después se le excusó diciéndole que sus padres habían abierto demasiado los ojos cuando les comunicó sus intenciones. Aún así, el profesor seguía con la idea. Sobre todo hoy día en que parece tener mucho estatus solidarizarse militantemente con los derechos de las minorías. Sin embargo, le rejodía una y mil veces que mucha gente importante hablara de los derechos de los "gays' y lesbianas y no se acordaran de las putas. Insistía en que éstas le rendían un servicio social a muchos necesitados; en que su función era más social que hedonista y de autosatisfacción. Piénsese nada más que en los viejos viudos y solos, todavía fuertes, que no tienen en qué gastar su Seguro Social los días tres de cada mes. El llamado "Síndrome del día 3" en que los viejitos solos y viudos- y otros no tanto- invierten su mesada en las chicas usuarias de drogas metidas a putas sin remedio ni defensa ninguna.

Otra de sus estudiantes que lo oyó plantear la idea en clase, y quien trabajaba además en la Comisión de Asuntos de la Mujer, le recordó que esta institución ya estaba orientando a las trabajadoras sexuales - y no "putas", según le corrigió- pero desde las prisiones, en donde se encontraba una gran mayoría, ya que suelen ser adictas a narcóticos y se han involucrado en delitos relacionados. "Si, en primer lugar,estuvieran organizadas- le contestó - no andarían en tales pasos, ya que, probablemente, no tuvieran que involucrarse en ese tipo de delitos y en segundo lugar, si tuvieran un sindicato fuerte, con su bufete de abogados que no perdieran un caso. Claro, siempre y cuando el sindicato generara buen dinero; como es de esperarse, dado el tipo de negocio...". De ese tipo eran los planteos del profesor. Un individuo de quien sus discípulos nunca estaban completamente seguros de cuándo hablaba en serio. Poseía una habilidad increíble para mezclar la realidad con la leyenda. La ironía se inventó poco después de su nacimiento y el sarcasmo era su sopa de todos los días. A propósito de bufetes de abogados, le constaba de su "propio y personal conocimiento" de trabajadoras sexuales que ofrecían su servicio a jueces, fiscales, y por qué no, a médicos de la capital, quienes las ubicaban en apartamentos lujosos de los mejores hoteles y con automóviles deportivos. A unas cuantas de estas chicas las tuvo de discípulas hacía algunos años en una universidad privada de la capital donde tuvo que ir a ofrecer cursos nocturnos para afrontar la deuda de un nuevo vástago. Alguna de ellas se lo había confesado en una de esas conversaciones de oficina. Hoy tales chicas son exclusivas, constituyen una clase privilegiada en el trabajo sexual y se les conoce como “call girls”. En el grupo de los mecenas sexuales no incluía a los catedráticos de la universidad nacional. Sabía muy bien que el sueldo de hambre que había que arrebatarle a la universidad no alcanzaba ni para satisfacer las humildes demandas de la mujer que hacía 20 años le soportaba toda clase de aventuras y bellaquerías. Por tal razón veía también que su idea le podía agenciar, a la larga, un ingresito adicional, y por supuesto, la simpatía de alguna de sus protegidas, quien, probablemente, le ofrecería de forma gratuita sus servicios. Esto último lo pensaba en serio, puesto que creía tener esa virtud. Le había sucedido en ocasiones anteriores, aunque en diferentes circunstancias. Toda vez que se involucraba en una lucha o misión social no faltaba una mujer que le demostrara su admiración. Demostración que, irremediablemente, culminaba en la cama. En una ocasión, veinte años atrás, mientras participaba en una reunión de discusión del Partido Comunista del que fue miembro en ese tiempo, un compañero, ebrio de envidia, le embromó: "A ti hay que echarte éter en la cara, para que no te quedes con todas las mujeres del partido". Una de sus tías adjudicaba su carisma con las mujeres a lo incólume de sus principios. Otra le decía que era por lo firme y viril de su voz y por el dominio que siempre demostraba tener de su lengua materna. Una tercera - tenía ocho tías-, a la seguridad que siempre demostraba en lo que decía y a la pasión que ponía en todas las luchas en que se involucraba. Lo cierto era que ya no le importaba que la gente descubriera su nueva empresa, y a riesgo de no entenderlo, lo tildaran de chulo de puta. Ya varios vecinos lo habían visto merodeando por las calles que circundan el correo federal del sector, donde pululan las trabajadoras sexuales buscando clientes. "Qué coincidencia-pensaba cuando pasaba en su auto por el lugar- hay quien ha dicho que ser colonia es como ser ramera de los federales; pues mejor sitio no pudieron escoger las putas para exhibirse". La última medida que tomó fue escribirle a los legisladores informándoles sobre sus planes, con el fin de obtener algún apoyo. Aunque fuera que le comunicaran a la policía quién era él y cuál era su proyecto para que no lo convoyaran en una de esas incontables redadas de putas que hacían casi semanalmente. Esperó pacientemente alguna respuesta de los hacedores de las leyes coloniales, pero nada se produjo en un tiempo razonable. Hasta que se acordó que en la legislatura había dos representantes de la izquierda histórica del país, quienes representaban a las minorías y a quienes también le hizo llegar una comunicación mucho más extensa y más juiciosa que la que cursó a los del poder de turno. Esta vez la envió con acuse de recibo. Esperó cinco, seis y siete días. A los diez días recibió la siguiente contestación:

"Dr. Leo Buscasuertes Universidad Nacional Autónoma

Estimado Dr. Buscasuertes:

Fue muy agradable recibir su misiva. No sabíamos que a los catedráticos del Recinto le sobra tiempo para el tipo de empresa que con tanto esmero Ud. quiere emprender.Tampoco sabíamos que la misma está permitida por la política institucional implantada allí por el gobierno de turno y su concepción sobre la ética y la moral. De todas maneras, nos alegra,sobremanera,que contemos con gente como Ud., de mucha valentía y,como dice nuestro campesino, con suficiente "fuerza de cara" como para atreverse a hacer lo que piensa. Por el contrario,nosotros,en política,tenemos que pensar dos veces lo que que queremos y podemos hacer. Y eso es precisamente lo que queremos recomendarle hoy; que piense dos veces lo que Ud. pretende hacer. Lógicamente no podemos incluir sus gestiones en nuestra agenda de trabajo, ni nada que se le parezca. Precisamente porque pensamos dos veces lo que queremos plantearle a nuestro pueblo. Y conociéndolo como lo conocemos creemos, honestamente,que su empresa va camino al fracaso si es que quiere contar con el aval de nuestro pueblo. Y como Ud. supondrá, es al voto del pueblo a lo que nos debemos. Nosotros, hace tiempo, dejamos atrás los sueños utópicos individualistas que fueron parte de nuestra juventud rebeldosa. Bien lo dijo aquél que en un principio todos tildamos de traidor: fueron "errores de juventud". Antes de llegar a la Legislatura no nos importaba mucho lo que decía la gente. Hoy sí nos importa. Y de qué manera.Pues gracias a ello hemos salido de la pobreza y del hambre con dignidad. Nuestro puesto nos permite vivir holgadamente decente y es el voto de los que nos quieren lo que nos mantiene aquí.Y la que nos quiere es gente moral que hace las cosas como Dios manda..."

No continuó leyendo la potencial monserga de las dos páginas que faltaban. Pensó en su abuelo quien siempre, ante una situación similar, se echaba un “conozco al pájaro por la churretá”. Envolvió la carta de los dos legisladores de la izquierda histórica del país, haciéndola una bola aplegujada, y la lanzó con fuerza al zafacón junto al escritorio. Fue entonces que recordó su paso furtivo por el béisbol, cuando se desempeñó como lanzador mediocre de categoría "clase A" en un equipo rural de su pueblo natal. Apagó el ordenador y el fax . Bajó a la marquesina en el segundo piso de su residencia. Encendió su automóvil a la misma vez que abría las puertas electrónicas del garaje y salió nuevamente a las inmediaciones del correo federal a ensayar la organización de sus trabajadoras.

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Río Piedras Febrero de 1997. _____________________________________________________

 

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Norenid Feliciano Ramirez

Norenid Feliciano Ramirez dijo

Hola Hector!

Me encanto este cuento. Me lo disfrute un monton.
Tu blog esta interesantisimo.
Disculpa los acentos, ahh y visita mi pagina chico. www.hablamedemusica.com

Beijos,
Norenid

9 Julio 2006 | 06:07 AM

rosamagenta

rosamagenta dijo

¿Por qué no creas un enlace a un pdf doc. en el cual apaezca el libro con todos los relatos?
Se te olvidó identificar los diálogos con la raya. Recuerda que es el formato correcto para publicar, el que se emplea en este campo y el que se requiere en nuestra lengua cuando es escrita.

La editora.

7 Mayo 2007 | 07:13 AM

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Mi nombre literario es Héctor Torriente. Soy esencialmente poeta, narrador y ensayista. Me gano la vida con mi nombre de pila como catedrático de la Universidad de Puerto Rico y como tal he publicado dos libros de ensayos sobre críticas y utopías de la Comunicación. Me gusta la comunicación como disciplina del saber, precisamente porque la literatura es comunicación. Ambas son mis mayores pasiones. Si deseas alguno de mis libros, incluso de los que he publicado en forma impresa, contáctame en amigos y te lo puedo proveer.

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