La sombra del almendro
A continuación un fragmento del primer capítulo de mi novela. La misma surge casi por casualidad. Una amiga que gusta de mis bromas- aunque no todas las veces- en cierta ocasión me retó a que escribiera una novela, esencialmente por dos razones: porque ella gustaba mucho del género y porque, a juzgar por mis tertulias, yo tenía mucho que decir, según ella. Esa misma noche, empecé a concebir la dichosa novela. Pero no desde una tábula rasa, pues ya tengo a mi haber un libro de relatos y uno de ellos parece una novela corta o un cuento largo, según uno de los editores, quien leyó inútilmente el manuscrito. El libro de relatos lo terminé hace cuatro años y todavía anda por ahí sin ver la luz.
Bien, lo que quiero decir, es que aunque nunca tomé en serio escribir una novela, esta vez parece que lo voy a hacer. Ya en cierta ocasión, hace cerca de 25 años, lo intenté por primera vez, y logré bosquejar más de 20 capítulos, a raíz de uno de los acontecimientos más infames de la historia política de Puerto Rico; la matanza de dos independentistas de parte de fuerzas del gobierno colonial en un monte del centro del país llamado Cerro Maravilla. Con los trajines y abatares de mudanzas y huracanes se me extravió todo el material investigado y bosquejado para la novela y ello fue bastante para abandonar la idea y retomar la poesía como discurso principal de homenaje de recordación a los compañeros caídos. Algunos de dichos textos se encuentran en mi primer poemario, Pichón de mime careto.
Esta novela que escribo ahora, pretende ser un memorial de algunos aspectos de mi vida y los contextos históricos, culturales y políticos que rodearon las circusntancias que se relatan. Confieso que no pretende ser autobiográfica, sino algo de ello. Busco también relatar algunas de las vidas que me rodearon y significaron mucho o poco en mi formación de cuentero y poeta. Por ahora, la he titulado, La sombra del almendro. La razón es que en cierta ocasión, por allá por mi juventud temprana, un grupo de mis mejores amigos nos reunimos bajo la sombra de un gran almendro a contar historias, léase chistes de todo tipo, a la vez que bajábamos varias botellas de ron del país. Fue quizás la primera y la última ocasión que tuve la oportunidad de compartir con mis mejores amistades con las cuales crecí en el Valle del Guayanés en Yabucoa, un pueblo en la costa suroriental del país.
A continuación, pues un fragmento del primer capítulo de, La sombra del almendro.
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Capítulo primero
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Fue después que sacudió en el urinal de uno de los baños de la facultad y se guardó su miembro que el profesor Ricardo Rodríguez levantó la cabeza y se fijó en el graffiti de la pared frente a sus ojos:
“Ya no me aventuro a nada
dejo que el azar
me sorprenda con las certezas.
Asisto a la era
donde reinan las ambigüedades.
Ya nada es como era,
Ni como parece
ni como dicen ,
ni como se siente,
sino, casi siempre,
todo lo contrario…”
Pensó que los poetas populares de Borinquen generalmente nacen, se forman , y muchas veces mueren en las paredes de los urinales. Sus veinte años de profesor universitario lo corroboraba. Había visto en tales sitios todo tipo de pensamientos que bordeaban los mejores de Spinoza, Kant, Hegel o Nietzsche y de las ensoñadoras estrofas de Vallejo, Keats, Rilke, Rimbaud, Darío o Neruda. Versos y pensares de los más sublimes a los más soeces, pero con un humor que muchas veces le desternillaban las paredes de la vejiga. Aquel de ante sus ojos le recordaba a un notorio licenciado de su patria que, una vez inevitablemente, metido a político, y para contestar una pregunta de un periodista, le espetó: “Mire señor yo no soy ni de izquierda ni de derecha sino todo lo contrario”. También le recordaba a Ismael Rivera, aquel negro de la calle Calma del poblado de Cangrejos, icono de la música cantada puertorriqueña, quien una vez grabó un ritmo borincano y que pretendía ser una ficha de su propia identidad pregonando: “Mi música no es de izquierda ni de derecha sino que queda en el centro de un tambor bien legal…”
En los urinales del país había visto, además, las mejores frases sentenciosas que comparaban con las iguales de los poetas lapidarios que conoció en La Habana a principios de los 90’s y que luego las publicaban en hojas sueltas o en periodiquitos apócrifos con ningún otro fin que el de matar el tiempo. Ése que se hace infinito cuando asedia una gran abundancia de escasez. Muchas de ellas eran críticas mordaces, no exentas de ingredientes de envidia, a los escritores iconos de ese país y su apego desmedido a la cultura europea. Bohemiando en el malecón con un colega habanero éste le contaba que uno de estos poemas lapidarias se publicó a raíz de la muerte de Alejo Carpentier: “Por este medio- rezaba el texto- se comunica que ha muerto nuestro más insigne escritor Don Alejo Carpentier. Se invita muy cordialmente a la ciudadanía velar sus restos durante el día de hoy en la Plaza de La Habana. Pero debe darse prisa porque muy pronto partirá hacia París”.
Igual de irónicas y de punzantes eran los alusivos a las excentricidades de otros autores como Lezama Lima y Fernández Retamar, pero que no podía recordar su relato tan detalladamente como la del autor de El siglo de las luces.
Le contaba el amigo que aquel grupo de jóvenes poetas no daba tregua. Y aunque nunca publicaron nada con mofa de Fidel, sí lo chisteaban por lo bajito en tertulias y bohemias nocheras. Lo curioso es que la mayoría de ellos pertenecía a la Unión de Juventudes Comunistas (UJC).
Él mismo corroboró lo antedicho cuando en el viaje mencionado a la capital cubana visitó una institución académica en la que compartió con varios de aquellos jóvenes. Lo invitaron la primera noche a bajar un litro, y en la ocasión el centro de chistes de la tertulia fue nada más y nada menos que el Comandante. La mayoría de las bromas y anécdotas giraban en torno a la increíble capacidad del Presidente para hablar sin prisa pero sin pausa hasta el bostezo. La que recordaba con más claridad era una relacionada con un dúo de jóvenes germanos admiradores del Primer Mandatario. Vinieron a La Habana a comienzos de los 70’s para que Fidel les prologara su tesis graduada de filosofía en la Universidad de Berlín. El trabajo llevaba el sugestivo título de LA DIALÉCTICA EN HEGEL Y LA POSTDIALÉCTICA DE CARLOS MARX EN LA MODERNIDAD.
La investigación de los autores constaba de apenas unas doscientas páginas pero la introducción que le escribió Fidel les colmó la friolera de doscientas cincuenta hojas.
Sin embargo, los versos que tenía ahora enfrente no le parecían tan populares. Encerraban una preocupación más profunda que llana por los tiempos que corren. Quizás no muy distinta de todas las épocas pasadas, narradas o descritas desde sus respectivos perceptores en clandestinos urinales públicos o privados.
Recordó entonces el movimiento graffitero de los setenta en la Universidad. Poetas, narradores y ficcionadores de toda laya embarraban las paredes de los edificios con mensajes literarios de todo tipo; unos excelentes, otros buenos y, los menos, malísimos. Sin embargo, como el sufría del síndrome de la invisibilidad, gustaba de recurrir a citas de los grandes pensadores y literatos del patio para ponerlos, no en las paredes, sino en la pizarra de los salones donde desempeñaba la enseñanza. Gustaba muy particular de uno de don Manuel Zeno Gandía. Se tarataba de la última oración de su novela Redentores, la que se publicó después de su muerte y que leía:
“era… el Morro, fulminando latigazos de rabia encadenada, aullando fúnebres salmodias, sacudiendo con furia el macizo de la colonia, como para despertarla de su profundo sueño de servidumbre…”.
Fue un gran intelectual- pensaba- que además de médico, logró retratar al Puerto Rico de finales del siglo XIX inicios del XX con todo el pesimismo y la impotencia que sentía sin remedio su generación. Sobre todo aquella formada ensoñada con el encanto europeo.
Salió de sus cavilaciones y se movió al lavabo. Era un borincano distinto. Se lavaba las manos siempre que hacía una necesidad biológica. Alguna vez un amigo, a quien increpó porque no hiciera lo mismo cuando salían de un baño público, le ripostó que eso era una costumbre americana, que era cosa de yankis. “Los machos latinos no nos lavamos las manos después de bregarnos con los güevos”, le respondió a manera de precepto.
Pero siempre le pareció que si el origen de la costumbrita era el que adjudicaba el amigo, el acto desinfectante era una cosa buena de los yankis, pues era lógico que contribuía a la higiene personal y a la salud colectiva.
Mirándose en el pequeño espejo sobre el lavamanos se secó con el papel toalla, se arregló el cabello con las manos y se acercó para mirarse los dientes. No estaba mal para sus cincuenta años recién cumplidos, según algunas de sus amigas y estudiantes que lo estimaban demasiado. Antes de salir, miró casi por obligación un graffiti en la parte superior de la puerta, de nuevo frente a sus ojos, que le pareció la madre de lo soez pero con una verdad lapidaria que le recordó su última desilusión amorosa:
“Amar sin ser amado
es como limpiarse el culo
sin haber cagado”.